El ladrón de la Moncloa contra 50 años de humildad y trabajo

España siempre ha tenido ladrones ingeniosos. Ya en el siglo XVI, Lázaro de Tormes robaba el vino de su amo mientras aseguraba, con cara de inocencia, que el jarro “se vaciaba solo”. No robaba —decía sin decirlo—, era el vino el que huía.

Cinco siglos después, el método ha mejorado: ya no hace falta un jarro agujereado, basta con un relato bien ensayado, un enemigo histórico conveniente y mucha propaganda para distraer al ciego.

El problema nunca fue el vino. El problema fue siempre la cara con la que se bebía.

Porque el pícaro no roba solo: insulta la inteligencia de quien le mira. Y cuando la realidad comienza a oler a podrido, el ladrón no se detiene; señala al pasado, cambia de conversación, grita “¡mirad allí!” mientras esconde el jarro bajo la mesa.

Hoy, la política española vive instalada en ese viejo truco. Mientras los titulares acorralan a Pedro Sánchez con imputaciones, investigaciones judiciales, familiares señalados y amistades incómodas, el discurso oficial no se defiende explicando, aclarando o asumiendo responsabilidades. Se defiende atacando a un difunto.

A Francisco Franco.

Un hombre que lleva medio siglo bajo tierra, que no puede responder, que no puede defenderse, y que resulta —qué casualidad— el enemigo perfecto para tapar la miseria moral del presente. Se le remueve, se le desentierra, se le utiliza como espantajo porque es más fácil combatir a un cadáver que mirar de frente a la realidad.

Y la realidad es tozuda.

Un presidente rodeado de escándalos, de entornos investigados, de silencios incómodos y de explicaciones que nunca llegan. Un poder que no se ejerce con ejemplaridad, sino con victimismo. Que no gobierna desde la autoridad moral, sino desde el relato.

Frente a eso, el contraste resulta casi obsceno.

«una democracia no se mide por cuántas estatuas derriba, sino por la decencia de quienes la gobiernan«

Porque a Franco se le pueden reprochar muchas cosas —y se le han reprochado— pero hay algo que incluso sus enemigos más feroces han tenido que admitir a regañadientes: nunca utilizó el poder para enriquecerse de forma personal ni para colocar a su familia en el negocio del Estado.

Vivió con austeridad. Murió sin fortunas ocultas. No convirtió la política en un medio de vida para su entorno. Y cuando recorría las calles de España, era aplaudido, no escoltado por el miedo ni protegido del desprecio popular.

Ahí está la ironía suprema de nuestro tiempo:
el gobernante cuestionado moralmente ataca al gobernante que fue respetado.
El sospechoso señala al honrado.
El que necesita propaganda combate al que no la necesitó.

No es una defensa del franquismo. Es una acusación al presente del presidente.

Porque una democracia no se mide por cuántas estatuas derriba, sino por la decencia de quienes la gobiernan. Y cuando el poder dedica más energía a reescribir el pasado que a limpiar su propio entorno, es que algo huele mal… aunque nos digan que el vino se baja solo.

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