¿Arte o sermón? El “nuevo” cine español que no llena salas… pero sí cobra ayudas

En España hemos inventado un género nuevo: películas que no necesitan espectadores, porque su supervivencia no depende de la taquilla, sino del presupuesto. Luego, desde el atril, el mismo cine que no emociona se permite dar lecciones a media nación. Y cuando el público bosteza, la culpa nunca es del guion: la culpa es “de Franco”, de “la derecha” o de “la España mala”.

Hay algo profundamente revelador en el cine español actual: su tendencia a tratar al espectador como si fuera un alumno torpe al que hay que reeducar o un amante de la piratería al que encarcelar de por vida. Ya no basta con contar historias; ahora hay que impartir doctrina zurda. Y si el público no acude, no se revisa el guion o la falta de ingenio de sus creadores: se revisa la moral del público.

Vengo de leer —y de ver circular— el episodio reciente de nuestro productor-premio-atril, ese instante tan “moderno” en el que el cine se sube a un escenario para regañar al país, criticar la libertad de opinión si no es la misma que la suya y echar pestes de un Franco que no se puede defender… mientras la platea real (la de las salas) permanece el 90% de las veces medio vacía. Lo llamarán “compromiso social”. Yo lo llamo otra cosa: caraduras chupando del heraldo que tienen miedo a que venga alguien que les corte el grifo.

El jarro se vacía solo: cuando la industria no vive del público

Lo verdaderamente fascinante no es que existan subvenciones (las hay en toda Europa), sino el hábito que se ha instalado: la costumbre de no necesitar al público. Porque cuando una obra ya no depende del espectador para sobrevivir, el espectador deja de ser rey y pasa a ser sospechoso.

“Antes la película tenía que gustar. Hoy basta con que ‘cumpla’… y que el discurso sea el correcto.”

Cuando el cine español hacía cine (y no catequesis)

Pongamos un espejo con memoria: Bienvenido, Mister Marshall (1953). Una joya de Berlanga que no necesitó gritar, ni señalar, ni insultar. Era sátira, sí, pero con inteligencia y con alma. Se reía de nosotros… sin despreciarnos. Y por eso ha sobrevivido al tiempo: porque era cine, no consigna.

Lo diré sin rodeos: el cine de aquella España —con todas sus limitaciones— entendía una cosa esencial: si no conectas con la gente, desapareces. Esa presión (la del público) era un filtro creativo brutal. Obligaba a afinar el guion, a tensar el ritmo, a construir personajes, a pulir diálogo y escena.

La diferencia decisiva: ayer el espectador mandaba

  • Ayer: la película tenía que interesar para vivir.
  • Hoy: demasiadas veces, la película puede vivir aunque no interese, y sino que se lo digan a Eduardo Casanova.

El cine de ahora: militancia, pose y olvido rápido

Saltemos a hoy. En la cartelera aparece Golpes (2025), con nombres reconocibles como Luis Tosar. Película de atracos, transición, memoria, metáfora… y, cómo no, promoción mediática con el comodín habitual: Franco, la derecha, Vox, la “ultraderecha peligrosa” y que vuelve el lobo.

No se trata de que un actor opine (todos tenemos una opinión al respecto). Se trata del patrón: el cine promociona película y, de propina, entrega mitin moral izquierdista e infumable, ¡siempre el mismo! Y así, sin darse cuenta, convierte el estreno en una rueda de prensa ideológica que ya sólo firmaría Pedro Sánchez y sus cuatro charos. Luego, si no funciona, jamás es por falta de magnetismo artístico: es porque el público “no está a la altura y prefiere la piratería”.

Lo trágico: ya no hace falta que la película perdure

La cuestión no es si Golpes es buena o mala (cada cual con su gusto, y hay gente que lo tiene muy malo). La cuestión es otra: ¿Cuántas películas actuales dejan huella real en la conversación popular? ¿Cuántas se vuelven cita, escena, frase, historia de España? ¿Sobre cuántas se sigue hablando un mes después de su estreno?

En demasiados casos, la respuesta es un silencio incómodo. Un cine que pasa, se consume y se olvida en cuestión de días. Y, sin embargo, el tono con el que se dirige al país es el de quien se cree imprescindible e intocable.

La paradoja española: cine sin público… pero con superioridad moral comunista

Y aquí llega la ironía grande, la que daña: un cine que vive del contribuyente suele tratar al contribuyente como si fuera un problema. Un cine que presume de “pueblo” muchas veces desprecia al pueblo real: el que trabaja, el que paga, el que decide no entrar en sala porque, como es normal, se aburre con el actual nivel del cine español.

Y cuando ese pueblo no aplaude, la industria no se pregunta qué ha hecho mal: busca culpables útiles. Franco —muerto hace 50 años, por desgracia— es el enemigo perfecto: no responde, no desmiente, no incomoda en plató. Atacar a un difunto es un deporte seguro. Da titulares. No tiene consecuencias.

Lo que el espectador entiende (aunque no se lo quieran reconocer)

El espectador puede perdonar una película mala. Lo que no perdona es que lo insulten por no verla mientras paga por ella a base de impuestos abusivos. Puede tolerar una obra ideológica. Lo que no tolera es el chantaje emocional permanente: “si no vienes, eres facha, fascista, de ultraderecha y parte del problema”.

Y por eso ocurre lo inevitable: el público se va. No hace falta boicot. Basta con indiferencia. La indiferencia es el verdadero veredicto.

Un final sin aplausos (pero con verdad)

El cine español no necesita menos libertad: necesita más talento y menos pose. Necesita menos atril y más guion. Menos sermón y más historia. Menos “yo te explico” y más “ven, te cuento”.

Porque cuando una película es realmente buena, no hace falta un mitin para venderla. Se vende sola. Se recomienda. Se repite. Se recuerda. Y eso —justo eso— es lo que diferencia a un clásico como Bienvenido, Mister Marshall de buena parte de la cartelera actual: uno permanece; lo otro pasa.

Nota del director: esto es una columna de opinión. Si el cine quiere el respeto del público, lo más eficaz no es señalarlo con el dedo, sino volver a ganárselo con películas que valgan la pena.

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